Mis curvas

H para blog post

Hace dos meses compré, en uno de estos sitios donde ofrecen cupones para productos o servicios muy baratos, un masaje. Me organicé una tarde para disfrutarlo y llegué muy temprano al sitio.
 
Muy eficientemente, las chicas que atendían me pasaron a un cuartito primoroso y me pidieron que esperara lista a la que me iba a hacer el masaje. Todo iba muy bien. Cuando llegó la masajista, muy guapa ella, me preguntó a que me dedicaba y yo le conté que era profesora de yoga y coach de salud. Y la chica me dice: “Oye, eres la primera profesora de yoga que atiendo que tiene curvas; todas las otras son delgadas.” ¿¡Ah!? ¿Qué quiso decir?. Casi sin respirar empezó a detallarme todos los tratamientos que tenían para que yo “perdiera mis curvas” y me viera como una profesora de yoga.
 
Pasé rápidamente del acostumbrado momento de duda sobre mi apariencia a un “¡Ah! Ella lo que quiere es vender sus masajes.” Fue rápido y pude decirle que muchas gracias, pero que a mi me gustaban mis curvas y que no estaba interesada en el paquete de 20 masajes baratos que me ofrecía. Esta manera de reaccionar es nueva para mi, e incluso pensé en las mujeres que sin la preparación y el trabajo que yo he hecho se enfrentan a estos comentarios y caerán en el odio a su cuerpo como herramienta de venta.
 
Poco tiempo después estuve unos días en la playa con una amiga. Le contaba como había ganado un par de libras y que estaba segura que era por el estrés del cambio de vida de asalariada a emprendedora, pues más o menos mis hábitos y rutinas se mantenían igual. Le dije que a pesar de eso me gustaba mucho como se veía mi cuerpo y me contestó: “Bueno, si bien es cierto no estás en tu momento más fit, lo que importa es que tú estés contenta.” ¡Alto! ¡Para, para, por favor! Éste es el momento en el que tú me dices “¿Más peso? ¡Pero si te ves divina! ¡Ni se nota!” No fue lo que pasó y otra vez entré en el estado “odio mis curvas”, pero pasé rápidamente a "mi amiga probablemente también lucha con el hecho de aceptar su propio cuerpo y está tratando de ser condescendiente conmigo, pues es lo correcto.”
 
Debo admitir que no siempre me gustaron mis curvas, y además hubo un tiempo que evitaba verme al espejo por que las odiaba. Otra cosa que debo admitir, y sólo por que este blog lo leen amigas cercanas: nunca he sido obesa. He estado más “llenita” que ahora, pero nunca obesa. Y sé que mucha gente piensa que no puedo ponerme en el lugar de una persona obesa por que nunca lo he estado, y puede que tengan razón. Pero lo que sí sé es que no me gustaba y no me quería ni un poquito. Buscaba todas las maneras para eliminar mis curvas. He atendido gente muy pasada de peso y lo que les escucho decir no es muy diferente a lo que yo me decía hace 10 libras.
 
Siempre bromeo con que me inyecté de todo para cambiar mi apariencia, pero en verdad tuve mucha suerte de caer en buenas manos que tenían la mejor de las intenciones con sus tratamientos. Pero antes de eso hice de todo para bajar de peso: hace unos días encontré una factura vieja de unas pastillas que mandaba a pedir afuera, que tenían un nombre terriblemente horrible, algo así como “ANIQUILAR” y que no estaban aprobadas por ningún tipo de organismo regulatorio de salud. Pero en ese entonces me daba igual. Hasta allá llegó mi desamor. Tanto odio a mi misma pudo terminar acabando con mi vida.
 
Pero en cambio, producto de ese desamor empecé a hacer yoga y a estudiar sobre nutrición. Me quería ver como una yogui, o más bien a la imagen que yo tenía de una yogui: una flaquita. Y que bueno que como resultado de mi desamor llegué a dar a un lugar tan maravilloso. Aún no amo mis curvas incondicionalmente y tampoco me da igual lo que la gente piense de mi permanentemente. Lo siento, pero este no es un post happy hippie donde he aceptado al 100% mi cuerpo y lo encuentro hermoso por encima de todos los otros cuerpitos que pasan alrededor mío. Sí, todavía me afecta la publicidad, lo que dice la gente, etc. Pero sí es un post donde comparto mi avance: ahora me quedo poco tiempo en ese estado de odio a mi cuerpo, pensando en como debe lucir una yogui.
 
Gracias al yoga aprendí a querer las curvas cerca de mi cintura, por que esas curvas me ayudan a ser más flexible. Quiero más mi cuerpo, por que haciendo yoga hoy día puedo poner mi cabeza en mis rodillas cuando me siento con mis piernas estiradas hacia delante; antes eso era inimaginable para mi. Veo el progreso producto de mi práctica y mi alimentación; veo músculos en lugares que antes no veía; tengo una mejor postura; me enfermo menos; no me duele la espalda, ni ninguna otra parte de mi cuerpo. Es un mejor cuerpo después de todo, o mejor dicho, es un cuerpo más querido que el de hace unos años. No es que ahora tengo un cuerpo yogui: ahora tengo una mente más yogui, más flexible, que entiende que esta es la casa donde me toca vivir y lo mejor es que la cuide y la adorne, que me acostumbre a ella, porque sino puedo perderme la oportunidad de disfrutarla y quedarme sin casa sin ni siquiera darme cuenta.
 
Sin importar que tan seguras nos veamos, ni cuanto trabajo hagamos para querernos, siempre llegará ese momento donde vamos a dudar de nuestro progreso. No importa que pese 25 libras menos que antes, dentro de mi vive la misma gordita de siempre; para mi, yo me sigo viendo igual. Pero todo esto no quiere decir que el trabajo de amarnos es en vano. Para mi la mejor prueba de que el trabajo que hago está funcionando es que no compré el paquete de los masajes. O que entiendo lo que mi amiga me quiso decir. Me quedo menos tiempo en el desamor y más tiempo en el camino al amor. Paso más tiempo diciéndome cosas bonitas y menos tiempo tratando de eliminar partes de mi cuerpo. Y además me perdono por de vez en cuando revisar ese sentimiento del desamor y me honro cada día por no quedarme en él.

Namasté,

Halima

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