#yotambién callé, pero no más.

Yo crecí en una familia maravillosa. Mis padres estuvieron casados 47 años hasta que la muerte los separó. Cuando nos mudamos de país, nunca me sentí desprotegida, y las veces que sentí miedo por una tormenta tropical en la madrugada siempre fui “rescatada” por mi papá, para llevarme a dormir a su cuarto, junto a mi mamá, siempre segura y querida.

 

Recuerdo muy bien ser una niña rebelde con eso de ”lo que las niñas deberían ser y hacer”. A mis hermanos no les deban instrucciones de qué decir, a quién no contestar, a qué hora regresar a casa o cuidarse de lo que les podría pasar en la calle. Muchas veces le dije a mi mamá que mis hermanos eran tan vulnerables a un ataque como yo; en mi cabeza no existía nada en mi cuerpo que me hiciera más propensa a un robo o a una violación.

 

Mi mamá me cuidaba mucho. No era una exagerada, pero siempre pedía mucha información de los padres y madres de mis amigas, sobre todo si iba a dormir en sus casas. Para mi mamá jamás fue una opción que durmiera en la casa de un amiguito, inclusive cuando tenía casi treinta años, aunque ya a esa edad no le hacía mucho caso.

 

Siempre me advirtió de todo lo que me podía pasar si me quedaba sola con un hombre desconocido, o conocido. Que no confiara en nadie y que siempre, siempre, alguien supiera donde yo estaba. Y sobre todo, que pasara lo que pasara, ella siempre me iba a querer, creer y proteger.

 

Pero aun así las cosas pasan.

 

La familia de una buena amiga tenía una casa en un área fresca del interior. Yo la acompañaba con mucha frecuencia. Su madre cocinaba delicioso y nos consentía a todas las chicas y chicos que íbamos; era genial. Casi siempre solo iba la madre y una amiga de ella, y nos contaban historias de cómo era la ciudad de Panamá antes. Esos eran mis momentos favoritos.

 

Al estar en un área campestre nos dejaban hacer de todo lo que quisiéramos. Salíamos a las tienditas de abarrotes a comprar sodas, chicles y cualquier golosina que quisiéramos. Muchas veces nos permitían quedarnos afuera en el patio de la casa hasta bien entrada la noche, acostadas en el campo viendo las estrellas.

 

En contadas ocasiones nos acompañaba el padre. No nos divertía mucho, pues la madre no se comportaba tan permisiva como cuando iba con su amiga. En las noches el padre se ponía a beber y más de una vez terminaba discutiendo con la madre.

 

Eran una pareja muy culta. Leían mucho y siempre tenían opiniones muy interesantes sobre el acontecer nacional, a diferencia de mi familia, que después de emigrar y por los golpes de la vida, solía  ser más reservada en sus opiniones de lo que a mí me gustaba. Él era bastante mayor que ella y a mis ojos era más un abuelo de mi amiga que su padre. Siempre tenía consejos muy sabios.

 

Era un hombre muy amable. Siempre decía cosas bonitas a todas las chicas. Poco a poco empecé a notar que se enfocaba más en mí que en las demás. Pensé que era sólo mi impresión, hasta que se lo comenté a otra amiga y me dijo que a ella también le parecía que siempre me hacía más halagos a mí. Yo debía estar más cerca de mi pubertad que de mi niñez, y aunque mi cuerpo ya empezaba a cambiar, mi cabecita aún no recibía el memo.

 

Un día nos llevaron a una piscina. Estábamos todas en vestido de baño y él se me acercó para decirme que mi cuerpo se estaba poniendo muy bonito. Yo me quedé fría. No tuve la menor duda de que ese comentario no era correcto, pero fui incapaz de comentarle a mi mamá lo que había pasado. Me dio vergüenza con ella de que yo, sabiendo todo lo que ya sabía, hubiese permitido que eso pasara.

 

Después de ese día me alejé de mi amiga. Ella seguía invitándome y yo siempre inventaba una excusa para no ir. Pasado algún tiempo, con 14 años, acepté una de sus invitaciones a quedarme a dormir en su casa. Me puse de acuerdo con otra amiga invitada, e ideamos un plan para evitar ponernos en peligro. Siempre estaríamos juntas.

 

Me levanté en la madrugada con ganas de ir al baño y desperté a mi amiga para que me acompañara. Entré rápidamente al baño, mientras ella hacia guardia afuera. Todos estaban durmiendo, así que no había nada que temer. Cuando salí del baño me encontré con el padre de mi amiga que venía de la cocina con un vaso de leche, que según él era para no sentirse mal el día siguiente después de tomar. Me pidió que me acercara porque me quería decir algo. Di un par de pasos en su dirección, y antes de darme cuenta este señor me había dado un beso en la boca. Supongo que vio a mi amiga en el fondo del salón, así que se apartó rápidamente y se fue. Aterrorizada, miré a mi amiga, quien con sus ojos me confirmó que lo que había pasado estaba mal.

 

Llegué a mi casa y no le conté a nadie. Quería proteger a mi mamá del dolor y de la culpa que le iba a causar saber que a su niña le había pasado algo así. No recuerdo si lloré. Hasta que escribí esto no recordaba claramente por qué ni como había quedado en un lugar oscuro, junto a un hombre al cual le tenía miedo.

 

Dieciocho años después de este incidente me encontré en una relación abusiva. Muchas veces quise salir de ella, pero me quedaba por miedo. Esta vez le conté a mis amigos y amigas, pero nadie me creyó. Todos me dijeron  que yo era una exagerada. Sacar a esta persona de mi vida fue muy difícil, y dentro de mi corazón quedó por mucho tiempo una rabia que no había sentido antes. Me atacaba sin previo aviso. Durante uno de esos episodios recordé lo que me había pasado aquella noche; no sabía muy bien por qué, pero estaba segura de que ese incidente y la relación abusiva de la que había logrado salir estaban conectados.

 

Se lo conté a quien era mi novio en ese momento. Él, muy sabia y dulcemente me dijo que sería irresponsable de su parte lidiar con eso, y me recomendó ir a terapia. Le estoy eternamente agradecida por esas palabras.

 

En terapia entendí que mi rabia viene de un momento robado. Mi niñez acabó esa noche. Mi primer beso no fue con un noviecito de la escuela por amor, no; el mío no es digno de recordar. Ese episodio me robó también la capacidad de recordar ninguna primera vez que realmente me haya emocionado. Nada. Ni siquiera el primer día de la universidad, o el primer día de trabajo. Nada.

 

Pero aún después de todo ese trabajo y de entender que no era mi culpa nunca encontré el valor de decirle a mi mamá. Ella se fue sin saber nada. Con el tiempo me enteré de que este mismo señor había abusado sexualmente de otras niñas, ninguna niña debería pasar por algo así.

 

Hoy lo que me ha dado el valor a contar mi historia no es todo el trabajo espiritual que he hecho, ni la terapia a la que he asistido. El valor me lo han dado desconocidas. Esas miles de mujeres que están contando sus historias. Me siento acompañada y empoderada por todas y cada una de ellas.

 

Es mi largo silencio el que hoy no me deja dudar en creerle a ninguna mujer que hoy se atreve a hablar y a contar su experiencia. Hay que tener mucho valor para contar estas historias, exponiéndonos a que no nos crean, a que piensen que nosotras somos culpables, por supuestamente estar en el lugar equivocado o en el momento equivocado. Lamentablemente, la mayoría de las mujeres, sin importar su entorno familiar, educativo, social y profesional, han sido expuestas o han sido objeto de acoso sexual. Sólo la sensibilización sobre este problema a través de las historias de quienes lo han sufrido podrá generar un entorno más seguro para las próximas generaciones.

 

 

#yotecreo

 

 

Namaste,

 

Halima


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