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Halima Cuadra
9:00 am

#yotambién callé, pero no más.

Yo crecí en una familia maravillosa. Mis padres estuvieron casados 47 años hasta que la muerte los separó. Cuando nos mudamos de país, nunca me sentí desprotegida, y las veces que sentí miedo por una tormenta tropical en la madrugada siempre fui “rescatada” por mi papá, para llevarme a dormir a su cuarto, junto a mi mamá, siempre segura y querida.

 

Recuerdo muy bien ser una niña rebelde con eso de ”lo que las niñas deberían ser y hacer”. A mis hermanos no les deban instrucciones de qué decir, a quién no contestar, a qué hora regresar a casa o cuidarse de lo que les podría pasar en la calle. Muchas veces le dije a mi mamá que mis hermanos eran tan vulnerables a un ataque como yo; en mi cabeza no existía nada en mi cuerpo que me hiciera más propensa a un robo o a una violación.

 

Mi mamá me cuidaba mucho. No era una exagerada, pero siempre pedía mucha información de los padres y madres de mis amigas, sobre todo si iba a dormir en sus casas. Para mi mamá jamás fue una opción que durmiera en la casa de un amiguito, inclusive cuando tenía casi treinta años, aunque ya a esa edad no le hacía mucho caso.

 

Siempre me advirtió de todo lo que me podía pasar si me quedaba sola con un hombre desconocido, o conocido. Que no confiara en nadie y que siempre, siempre, alguien supiera donde yo estaba. Y sobre todo, que pasara lo que pasara, ella siempre me iba a querer, creer y proteger.

 

Pero aun así las cosas pasan.

 

La familia de una buena amiga tenía una casa en un área fresca del interior. Yo la acompañaba con mucha frecuencia. Su madre cocinaba delicioso y nos consentía a todas las chicas y chicos que íbamos; era genial. Casi siempre solo iba la madre y una amiga de ella, y nos contaban historias de cómo era la ciudad de Panamá antes. Esos eran mis momentos favoritos.

 

Al estar en un área campestre nos dejaban hacer de todo lo que quisiéramos. Salíamos a las tienditas de abarrotes a comprar sodas, chicles y cualquier golosina que quisiéramos. Muchas veces nos permitían quedarnos afuera en el patio de la casa hasta bien entrada la noche, acostadas en el campo viendo las estrellas.

 

En contadas ocasiones nos acompañaba el padre. No nos divertía mucho, pues la madre no se comportaba tan permisiva como cuando iba con su amiga. En las noches el padre se ponía a beber y más de una vez terminaba discutiendo con la madre.

 

Eran una pareja muy culta. Leían mucho y siempre tenían opiniones muy interesantes sobre el acontecer nacional, a diferencia de mi familia, que después de emigrar y por los golpes de la vida, solía  ser más reservada en sus opiniones de lo que a mí me gustaba. Él era bastante mayor que ella y a mis ojos era más un abuelo de mi amiga que su padre. Siempre tenía consejos muy sabios.

 

Era un hombre muy amable. Siempre decía cosas bonitas a todas las chicas. Poco a poco empecé a notar que se enfocaba más en mí que en las demás. Pensé que era sólo mi impresión, hasta que se lo comenté a otra amiga y me dijo que a ella también le parecía que siempre me hacía más halagos a mí. Yo debía estar más cerca de mi pubertad que de mi niñez, y aunque mi cuerpo ya empezaba a cambiar, mi cabecita aún no recibía el memo.

 

Un día nos llevaron a una piscina. Estábamos todas en vestido de baño y él se me acercó para decirme que mi cuerpo se estaba poniendo muy bonito. Yo me quedé fría. No tuve la menor duda de que ese comentario no era correcto, pero fui incapaz de comentarle a mi mamá lo que había pasado. Me dio vergüenza con ella de que yo, sabiendo todo lo que ya sabía, hubiese permitido que eso pasara.

 

Después de ese día me alejé de mi amiga. Ella seguía invitándome y yo siempre inventaba una excusa para no ir. Pasado algún tiempo, con 14 años, acepté una de sus invitaciones a quedarme a dormir en su casa. Me puse de acuerdo con otra amiga invitada, e ideamos un plan para evitar ponernos en peligro. Siempre estaríamos juntas.

 

Me levanté en la madrugada con ganas de ir al baño y desperté a mi amiga para que me acompañara. Entré rápidamente al baño, mientras ella hacia guardia afuera. Todos estaban durmiendo, así que no había nada que temer. Cuando salí del baño me encontré con el padre de mi amiga que venía de la cocina con un vaso de leche, que según él era para no sentirse mal el día siguiente después de tomar. Me pidió que me acercara porque me quería decir algo. Di un par de pasos en su dirección, y antes de darme cuenta este señor me había dado un beso en la boca. Supongo que vio a mi amiga en el fondo del salón, así que se apartó rápidamente y se fue. Aterrorizada, miré a mi amiga, quien con sus ojos me confirmó que lo que había pasado estaba mal.

 

Llegué a mi casa y no le conté a nadie. Quería proteger a mi mamá del dolor y de la culpa que le iba a causar saber que a su niña le había pasado algo así. No recuerdo si lloré. Hasta que escribí esto no recordaba claramente por qué ni como había quedado en un lugar oscuro, junto a un hombre al cual le tenía miedo.

 

Dieciocho años después de este incidente me encontré en una relación abusiva. Muchas veces quise salir de ella, pero me quedaba por miedo. Esta vez le conté a mis amigos y amigas, pero nadie me creyó. Todos me dijeron  que yo era una exagerada. Sacar a esta persona de mi vida fue muy difícil, y dentro de mi corazón quedó por mucho tiempo una rabia que no había sentido antes. Me atacaba sin previo aviso. Durante uno de esos episodios recordé lo que me había pasado aquella noche; no sabía muy bien por qué, pero estaba segura de que ese incidente y la relación abusiva de la que había logrado salir estaban conectados.

 

Se lo conté a quien era mi novio en ese momento. Él, muy sabia y dulcemente me dijo que sería irresponsable de su parte lidiar con eso, y me recomendó ir a terapia. Le estoy eternamente agradecida por esas palabras.

 

En terapia entendí que mi rabia viene de un momento robado. Mi niñez acabó esa noche. Mi primer beso no fue con un noviecito de la escuela por amor, no; el mío no es digno de recordar. Ese episodio me robó también la capacidad de recordar ninguna primera vez que realmente me haya emocionado. Nada. Ni siquiera el primer día de la universidad, o el primer día de trabajo. Nada.

 

Pero aún después de todo ese trabajo y de entender que no era mi culpa nunca encontré el valor de decirle a mi mamá. Ella se fue sin saber nada. Con el tiempo me enteré de que este mismo señor había abusado sexualmente de otras niñas, ninguna niña debería pasar por algo así.

 

Hoy lo que me ha dado el valor a contar mi historia no es todo el trabajo espiritual que he hecho, ni la terapia a la que he asistido. El valor me lo han dado desconocidas. Esas miles de mujeres que están contando sus historias. Me siento acompañada y empoderada por todas y cada una de ellas.

 

Es mi largo silencio el que hoy no me deja dudar en creerle a ninguna mujer que hoy se atreve a hablar y a contar su experiencia. Hay que tener mucho valor para contar estas historias, exponiéndonos a que no nos crean, a que piensen que nosotras somos culpables, por supuestamente estar en el lugar equivocado o en el momento equivocado. Lamentablemente, la mayoría de las mujeres, sin importar su entorno familiar, educativo, social y profesional, han sido expuestas o han sido objeto de acoso sexual. Sólo la sensibilización sobre este problema a través de las historias de quienes lo han sufrido podrá generar un entorno más seguro para las próximas generaciones.

 

 

#yotecreo

 

 

Namaste,

 

Halima


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Halima Cuadra
11:34 am

Desintoxicaciones

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Soy creyente en que cada vez que comemos es una oportunidad para sanar o para enfermar. Lo cierto es que esta decisión muchas veces no es tan fácil. Además de explicar esto a mis clientes de darles ideas de cómo implementar hábitos saludables, también trabajo junto con ellos en comprender por qué no están haciendo lo que ellos saben que deben estar haciendo. Bajar de peso y estar saludables no es ningún secreto; podemos encontrar fácilmente consejos en todos lados, y la mayoría son buenos y verdaderos.

Tener buenos hábitos alimenticios no es tan simple como tener la voluntad para hacer las cosas bien. Hay una evaluación que debemos hacer de lo que está pasando en nuestras vidas que es importante par para poder adoptar estos buenos hábitos, que incluye: cómo están nuestras relaciones interpersonales, nuestra situación laboral, nuestro nivel de actividad e inclusive nuestra espiritualidad. Es un trabajo que toma en algunos casos horas y en otros meses o hasta años. Ninguna duración es mejor que la otra.

Inclusive una vez analizadas todas estas áreas y habiendo “corregido” nuestros hábitos, me he encontrado con casos en los cuales mis clientes o no bajan de peso o siguen con las mismas dolencias. Y esto es muy frustrante, tanto para mis clientes como para mí. Pero conozco muy bien este problema. Yo experimenté lo mismo: comía bastante saludable, hacía ejercicios, meditaba, tenía una buena relación con mi familia y pareja, me gustaba mi trabajo, y sin embargo seguía sufriendo de migrañas y alergias en la piel. Había algo más por hacer; algo me faltaba. Deseé con todas mis fuerzas saber qué era eso que me faltaba, y unos días después recibí un email de una coach amiga mía donde me recomendaba el programa de desintoxicación de otra coach. Me dije a mi misma que esto era lo último que iba a hacer; si después de hacer este programa seguía con mis migrañas iba a ver a un doctor especialista.

El programa fue hermoso en todos los sentidos. Logré afinar mis hábitos de alimentación y de cuidado personal. Los tres primeros días pensé que moriría de ansiedad, pero pasados esos días me empecé a sentir muy bien, y todo se fue haciendo más fácil. El programa tenía además unas tareas diarias para desarrollar en un cuaderno, que incluían  responder preguntas personales. La verdad me empecé a conocer más y mejor. Hay cosas de mí que cambiaron y hay otras que sé no van a cambiar y me encantan tal cual están. Lo interesante de este proceso fue que no se enfocaba sólo en lo que comía, sino que también tomaba en cuenta lo que sentía, y me hacía pensar en lo que tenía que trabajar.

Ya han pasado casi 5 años desde que tomé ese programa, y desde entonces he tenido no más de 5 episodios de migraña, y no he tenido más alergias en la piel. Me liberé de todos los medicamentos y suplementos que tomaba. Desde entonces soy fiel creyente en el poder de las desintoxicaciones, y hoy en día hago dos desintoxicaciones al año.

Después de esta experiencia empecé a estudiar más sobre ellas, y leí todos los libros que encontré al respecto. El resultado de este trabajo es una serie de programas inspirados en un 50% en el programa que hice aquella vez, y el otro 50% viene de todo lo que estudié y de mi experiencia. También adapté muchas de las recetas a productos que se encuentran fácilmente en nuestro país.

Hace unos días tuve un episodio largo de migraña, y recordé como me sentía generalmente antes de hacer estos cambios en mi vida, antes de hacer desintoxicaciones regularmente y pensé que sería genial que todo el mundo pudiera sentirse bien, con energía y con claridad en sus pensamientos; todos tenemos derecho a sentirnos así. Por esto es parte de todos mis programas de coaching hacer aunque sea una desintoxicación como parte del plan para alcanzar los objetivos que mi cliente se haya propuesto. Tengo muchas historias de personas que lograron vencer algunas dolencias que, en algunos casos, habían sufrido toda la vida y ya se habían tomado por crónicas. Para muchos de mis clientes el hacer una desintoxicación ha marcado un antes y un después en su salud y hasta en su peso.

Nos sentimos tan bien después de la desintoxicación que queremos repetirlo. Todas las personas que hacen desintoxicaciones conmigo entran en una especie de club en el cual reciben descuentos bastante significativos si desean repetirlas. Además reciben una notificación un par de meses antes en donde les aviso que yo voy a hacer mi desintoxicación, para que así puedan acompañarme. Mi intención es que esto forme parte de sus vidas como lo es de la mía. Así como programamos el chequeo del médico, los cambios de placa para el carro o el mantenimiento del aire acondicionado, así debemos también programar nuestro propio “mantenimiento”.

Si quieres conversar sobre este proceso mándame un email a halima@halimacuadra.com con tu teléfono y disponibilidad para llamarte y conversar un poco. Sé que mis programas te van a ayudar a conseguir aquello que desees en lo que a salud se refiere.

Namaste,

Halima

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Halima Cuadra
12:43 pm

Mis curvas

H para blog post

Hace dos meses compré, en uno de estos sitios donde ofrecen cupones para productos o servicios muy baratos, un masaje. Me organicé una tarde para disfrutarlo y llegué muy temprano al sitio.
 
Muy eficientemente, las chicas que atendían me pasaron a un cuartito primoroso y me pidieron que esperara lista a la que me iba a hacer el masaje. Todo iba muy bien. Cuando llegó la masajista, muy guapa ella, me preguntó a que me dedicaba y yo le conté que era profesora de yoga y coach de salud. Y la chica me dice: “Oye, eres la primera profesora de yoga que atiendo que tiene curvas; todas las otras son delgadas.” ¿¡Ah!? ¿Qué quiso decir?. Casi sin respirar empezó a detallarme todos los tratamientos que tenían para que yo “perdiera mis curvas” y me viera como una profesora de yoga.
 
Pasé rápidamente del acostumbrado momento de duda sobre mi apariencia a un “¡Ah! Ella lo que quiere es vender sus masajes.” Fue rápido y pude decirle que muchas gracias, pero que a mi me gustaban mis curvas y que no estaba interesada en el paquete de 20 masajes baratos que me ofrecía. Esta manera de reaccionar es nueva para mi, e incluso pensé en las mujeres que sin la preparación y el trabajo que yo he hecho se enfrentan a estos comentarios y caerán en el odio a su cuerpo como herramienta de venta.
 
Poco tiempo después estuve unos días en la playa con una amiga. Le contaba como había ganado un par de libras y que estaba segura que era por el estrés del cambio de vida de asalariada a emprendedora, pues más o menos mis hábitos y rutinas se mantenían igual. Le dije que a pesar de eso me gustaba mucho como se veía mi cuerpo y me contestó: “Bueno, si bien es cierto no estás en tu momento más fit, lo que importa es que tú estés contenta.” ¡Alto! ¡Para, para, por favor! Éste es el momento en el que tú me dices “¿Más peso? ¡Pero si te ves divina! ¡Ni se nota!” No fue lo que pasó y otra vez entré en el estado “odio mis curvas”, pero pasé rápidamente a "mi amiga probablemente también lucha con el hecho de aceptar su propio cuerpo y está tratando de ser condescendiente conmigo, pues es lo correcto.”
 
Debo admitir que no siempre me gustaron mis curvas, y además hubo un tiempo que evitaba verme al espejo por que las odiaba. Otra cosa que debo admitir, y sólo por que este blog lo leen amigas cercanas: nunca he sido obesa. He estado más “llenita” que ahora, pero nunca obesa. Y sé que mucha gente piensa que no puedo ponerme en el lugar de una persona obesa por que nunca lo he estado, y puede que tengan razón. Pero lo que sí sé es que no me gustaba y no me quería ni un poquito. Buscaba todas las maneras para eliminar mis curvas. He atendido gente muy pasada de peso y lo que les escucho decir no es muy diferente a lo que yo me decía hace 10 libras.
 
Siempre bromeo con que me inyecté de todo para cambiar mi apariencia, pero en verdad tuve mucha suerte de caer en buenas manos que tenían la mejor de las intenciones con sus tratamientos. Pero antes de eso hice de todo para bajar de peso: hace unos días encontré una factura vieja de unas pastillas que mandaba a pedir afuera, que tenían un nombre terriblemente horrible, algo así como “ANIQUILAR” y que no estaban aprobadas por ningún tipo de organismo regulatorio de salud. Pero en ese entonces me daba igual. Hasta allá llegó mi desamor. Tanto odio a mi misma pudo terminar acabando con mi vida.
 
Pero en cambio, producto de ese desamor empecé a hacer yoga y a estudiar sobre nutrición. Me quería ver como una yogui, o más bien a la imagen que yo tenía de una yogui: una flaquita. Y que bueno que como resultado de mi desamor llegué a dar a un lugar tan maravilloso. Aún no amo mis curvas incondicionalmente y tampoco me da igual lo que la gente piense de mi permanentemente. Lo siento, pero este no es un post happy hippie donde he aceptado al 100% mi cuerpo y lo encuentro hermoso por encima de todos los otros cuerpitos que pasan alrededor mío. Sí, todavía me afecta la publicidad, lo que dice la gente, etc. Pero sí es un post donde comparto mi avance: ahora me quedo poco tiempo en ese estado de odio a mi cuerpo, pensando en como debe lucir una yogui.
 
Gracias al yoga aprendí a querer las curvas cerca de mi cintura, por que esas curvas me ayudan a ser más flexible. Quiero más mi cuerpo, por que haciendo yoga hoy día puedo poner mi cabeza en mis rodillas cuando me siento con mis piernas estiradas hacia delante; antes eso era inimaginable para mi. Veo el progreso producto de mi práctica y mi alimentación; veo músculos en lugares que antes no veía; tengo una mejor postura; me enfermo menos; no me duele la espalda, ni ninguna otra parte de mi cuerpo. Es un mejor cuerpo después de todo, o mejor dicho, es un cuerpo más querido que el de hace unos años. No es que ahora tengo un cuerpo yogui: ahora tengo una mente más yogui, más flexible, que entiende que esta es la casa donde me toca vivir y lo mejor es que la cuide y la adorne, que me acostumbre a ella, porque sino puedo perderme la oportunidad de disfrutarla y quedarme sin casa sin ni siquiera darme cuenta.
 
Sin importar que tan seguras nos veamos, ni cuanto trabajo hagamos para querernos, siempre llegará ese momento donde vamos a dudar de nuestro progreso. No importa que pese 25 libras menos que antes, dentro de mi vive la misma gordita de siempre; para mi, yo me sigo viendo igual. Pero todo esto no quiere decir que el trabajo de amarnos es en vano. Para mi la mejor prueba de que el trabajo que hago está funcionando es que no compré el paquete de los masajes. O que entiendo lo que mi amiga me quiso decir. Me quedo menos tiempo en el desamor y más tiempo en el camino al amor. Paso más tiempo diciéndome cosas bonitas y menos tiempo tratando de eliminar partes de mi cuerpo. Y además me perdono por de vez en cuando revisar ese sentimiento del desamor y me honro cada día por no quedarme en él.

Namasté,

Halima

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Halima Cuadra
7:08 pm

Cómo curar el estrés

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En mis clases de yoga privada he notado una constante en todos los clientes que atiendo: sin importar a que se dedican en su día a día están estresados.

También veo muchas personas con lesiones de diversos tipos. Lo primero que hago es una corta entrevista donde les pregunto cuando y cómo empezó el dolor o lesión, qué hacen en su día a día, qué tratamiento le han dado a la lesión, entre otras cosas. Naturalmente, todos mencionan de alguna u otra manera que están estresados por algo.

Mi trabajo consiste en descubrir algunas causas de la lesión y ayudarlos a través de posturas de yoga, la respiración consciente y algunos consejos a mejorar la condición, bajar la intensidad del dolor y tratar, quizás, de aliviar del todo la lesión.

Cada caso es diferente, pero hoy quiero contarles uno de los consejos que doy a todos mis clientes sin excepción.

Antes de nada, vamos a hablar un poco del estrés y sus causas. El estrés es una reacción del cuerpo a algo que nos preocupa. Lo cual está muy bien, ya que es el mecanismo de defensa del cuerpo ante elementos que atentan contra nuestra vida. El problema hoy día es que hay muchas cosas que nos producen estrés, como el tráfico o el trabajo, por ejemplo, y nuestra mente a nivel subconsciente no distingue entre el estrés trivial por que voy tarde a una reunión y el estrés de supervivencia por que me va a comer el tigre. Al no calificar estas aprehensiones en su justa medida, nuestra mente reacciona de la misma manera ante estímulos diametralmente opuestos.

Al reaccionar al estrés ocurren muchas cosas en nuestro cuerpo:

* Secretamos adrenalina, que es la sustancia encargada de acelerar nuestro ritmo cardíaco y a la vez de anestesiar nuestras terminaciones nerviosas. Gracias a ella es que no sentimos nada cuando nos golpeamos en situaciones peligrosas; hace mucho sentido, por que no podemos detenernos cuando estamos huyendo de una amenaza.

* Nuestro cuerpo suspende todos los procesos que no lo ayuden a escapar, como la digestión, la desintoxicación, la reparación de tejidos, etc. En su lugar, dirige toda esa energía a los lugares que ayudan a salvarnos, como: las piernas, los brazos y el cerebro.

* Respiramos por la boca y no por la nariz. La boca es una cavidad más grande y nos ayuda a obtener rápidamente el oxígeno necesario para escapar. Sin embargo, la boca no posee los filtros característicos de las fosas nasales, por lo cual el aire entra directamente a nuestros pulmones, exponiéndonos a enfermar más comúnmente de resfriado o contraer otros virus que estén en el ambiente.

* El cuerpo se contrae de manera que nuestros órganos vitales (como el corazón) queden protegidos y cosas “menos” importantes (como los brazos) queden expuestos. La lógica instintiva detrás de esto es que podemos vivir sin un brazo, pero no sin el corazón. Con esta contracción inhibimos el diafragma, que es el músculo encargado de  la respiración, y en su lugar activamos los músculos de la espalda alta para que empiecen a manejar la respiración.

Y estas son sólo algunas de las cosas que pasan en nuestro cuerpo cuando estamos estresados. Como dije al principio, nuestro subconsciente no califica las causas de nuestras preocupaciones, por lo cual es posible que nos expongamos a ocho horas seguidas de estrés, teniendo en cuenta que manejamos mínimo treinta minutos a la oficina en tráfico pesado, llegamos apurados a la oficina a contestar cientos de correos electrónicos, tomamos decisiones laborales, lidiamos con jefes intransigentes, pagamos las cuentas a tiempo, llevamos los niños a sus actividades extra curriculares, contestamos llamadas de promotores de ventas, buscamos que cenar, manejamos de vuelta otros treinta minutos a casa, en fin un sinnúmero de situaciones que potencialmente pueden provocarnos estrés.

Después de ocho horas usando los músculos de la espalda alta para respirar, haciendo un trabajo para el cual no están diseñados, sentimos como un nudo allá arriba. Esta molestia no es producto de una “sustancia mágica” que amarra esos músculos, sino el resultado del ejercicio extremo de los mismos durante un periodo de tiempo prolongado.

Pero así como nuestro subconsciente se engaña con cualquiera situación preocupante, nosotros podemos engañarlo voluntariamente para que no sienta estrés. Simplemente lleva los hombros hacia atrás y abajo, abre el pecho y respira sólo por la nariz. Concéntrate en RESPIRAR conscientemente, usando la nariz y no la boca, inhalando lentamente y exhalando de igual manera durante un par de minutos: el subconsciente recibe el mensaje que el peligro ha pasado, porque estamos exponiendo nuestro pecho nuevamente y respirando normalmente por la nariz.  Si hacemos esto cada vez que notamos que nuestro pecho está contraído podremos bajar los niveles de estrés del cuerpo durante el día, lo que a su vez nos traerá otros beneficios que detallaremos en una ocasión próxima.

Espero que este truquito te ayuda a eliminar esos molestos “nudos” de la espalda alta. Me encantaría conocer tus experiencias y si además experimentas otros beneficios. No dejes de contarme a través de mi Facebook o en Twitter

Namasté,

Halima


 

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Halima Cuadra
5:30 pm

Tonos grises

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Hoy llamé a mi mamá, y es como la décima vez que mi mamá antes de cerrar el teléfono me dice “te oigo alegrita”.

La verdad, ésta es la época de mi vida en la que más feliz he estado. Le contesté: “mami, no hay manera de que no esté feliz, si acabo de leer un mensaje de una cliente que me cuenta como va su vida amorosa después de un divorcio y acabo de ver un cliente que se siente muy bien.”

Ella cree que estoy feliz por que estoy haciendo mucho dinero o por que por fin encontré un novio y “voy a sentar cabeza”. Pero no es la realidad; ni una ni la otra, aunque por ahí viene. Quien sabe.

Estoy feliz porque en estos momentos de mi vida encontré los tonos grises. A mis veintes todo o era blanco o negro. Sin embargo, hoy día puedo sentarme a tomar una cerveza con un amigo querido que pertenece a una organización abiertamente machista y para rematar homofóbica. No lo hago perfectamente: todavía quisiera meterme en su cabeza y cambiarle el chip que se le quemó donde debería entender que todos somos iguales y aún discuto con él de vez en cuando. Pero la mayoría del tiempo trato conscientemente de quererlo así como es y además entender de donde viene todo esa certeza que él siente acerca de lo que hace. Simplemente trato de querer a los que están alrededor mío así como son, de no separarme.

Por primera vez en mi vida puedo entender que las emociones nos atrapan, no nos dejan avanzar. Puedo tomar un “amor” de siete años, dejarlo ir y convertirlo en una enseñanza sin rabia por lo que no pudo ser y ver todas las oportunidades y puertas que se abren ahora. Siento mucha emoción por lo que dejo ir, por que sé que es la única manera de limpiar la casa para que entren nuevas y mejores cosas.

Es la primera vez en mi vida que siento la incertidumbre del independiente, pero también la seguridad del independiente. Puedo dormir tranquilamente sabiendo que nadie me va a botar de mi trabajo y que todo lo que quiero lo puedo conseguir si mi deseo no tiene una agenda, si es pasión de verdad. Mi único trabajo hoy en día es hacer más de lo que me hace feliz y pasar menos tiempo haciendo cosas que no. Me entristece aún que un cliente deje su programa sin terminar o cancele una clase, pero trato de no quedarme mucho tiempo amarrada a ese sentimiento.

Soy feliz por que por primera vez no me siento una víctima de mi salud. Si siento dolor sé de donde viene y sé que tengo que hacer para sentirme mejor.

Hace unos días alguien me dijo que tenía una mente revolucionaria por mi manera de ver la vida. Y me sorprendió, porque es el momento de mi vida en que menos revolucionaria me siento. Acaban de pasar las elecciones en Panamá; ésta es la primera vez que voto por el menos peor (a mi parecer), no por el mejor. Y ésta fue una de las posiciones que más odié y critiqué en el pasado. Hoy me perdono por hacer lo que tanto me molestaba. Hoy entiendo que tenemos que trabajar con lo que tenemos, que seguir pensando que las cosas deberían ser mejor y vivir en la fantasía y el romanticismo es de miedosos que no afrontamos que tenemos que trabajar con la realidad que tenemos al frente.

Ya no trato más de convencer a nadie de lo que pienso, y evito dar mi opinión a menos que me la pidan. Hago un esfuerzo sobrehumano por no hacer comentarios llenos de odio en las redes sociales. Trato de apoyar a todas las mujeres empresarias, políticas y activistas que me encuentro; me he propuesto no hablar mal de ninguna mujer y además considerarlas a todas mis hermanas. Es la posición mas feminista que he sostenido en mi vida.

Valoro a los que cobran bien su trabajo. Dejé de pensar en que la gente debe regalarlo: nada debe ser regalado y me alegro por todos los que cobran bien lo que hacen. Y si hacen lo mismo que yo, ¡mejor! Quiere decir que yo también puedo cobrar lo mismo. Además, no le puedo decir al banco que yo me dedico a un trabajo donde se ve mal cobrar. No puedo decirle a la compañía eléctrica que le voy a pagar con amor al arte. Y tengo que comer para poder entregar el trabajo que hago día a día. Hay que cobrar bien y me alegro por todos mis colegas que lo están haciendo. ¿Los qué no? Bueno es su karma por ahora o su limitación.

Estoy feliz la mayor parte del tiempo y me he dado cuenta que los momentos donde no soy feliz es por que no hablo mi verdad, cuando digo o hago algo sólo para quedar bien con los demás. Éste es mi nuevo propósito para este año: hablar mi verdad desde el amor sin juzgar a nadie en el camino.

Y a ti, ¿qué te hace feliz y cuál es tu propósito?

Namasté,

Halima

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Halima Cuadra
4:45 pm

Dos mil trece

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A menos de una semana de empezar el tercer mes del año 2014 me he decidido a escribir un resumen del año pasado, mencionando las cosas más importantes y las que creo merecen ser compartidas, pues pueden ayudar a otros.

Empecé el 2013 con la certeza que sería el año en que iba a cambiar mi situación laboral. Mi vida personal estaba más o menos estable y sin muchos sobresaltos, lo cual favorecía tomar una decisión radical en mi carrera profesional. Tenía ya dos años de prepararme para el cambio, estudiando, practicando, fracasando muchas veces y ganando en otras ocasiones. Pero económicamente no estaba lista. Por esos días me veía con una coach de estilo de vida, y aunque me ayudó mucho a superar la mayoría de mis miedos, por alguna razón sentía que yo no estaba lista para lo que ella me podía enseñar.

Decidí hacer un cambio de estrategia y analizar cuál o cuáles eran mis miedos. ¿Por qué no hacía el cambio para el cuál me había preparado?. Descubrí que mi mente de ingeniera necesitaba un plan y una red de seguridad. Mi coach me había sugerido seguir en mi trabajo de ocho a cinco hasta que mi carrera como coach de salud y profesora de yoga generara lo mismo que hacía en mi trabajo “normal”. Esa es una estrategia a seguir y sé de muchas personas que lo hacen, pero yo no disponía del tiempo extra para atender la cantidad de clientes necesarios para generar lo que hacía en mi trabajo. Además, para llegar a generar lo que hacía en ese momento me había tomado mis buenos 10 años en esa industria. ¿Cómo podía pretender hacer lo mismo en una industria nueva en menos de dos años?

Voy a confesarme aquí: mi mayor miedo es tener deudas. Me aterra. Me aterra aparecer en la APC, que alguien diga por ahí que me prestó plata y nunca la devolví, que me echen de mi apartamento por que no he pagado la hipoteca, o no tener que comer. En mi mente todo eso muta hasta que llego a tener pensamientos como “me voy a morir de hambre en la calle pidiendo limosna, sin amigos y la gente pensará que soy una gran perdedora”. Sólo escribirlo me asusta y me corta la respiración.

Así que hice lo más inteligente en ese momento y contraté un asesor financiero. Pero no cualquier asesor con saco y corbata, no. Una asesora que entiende o ve la vida de una manera más completa, más holística. Entiende de energías y de leyes de la atracción; no creo que hoy día pudiese trabajar con gente que no vea la vida de esa manera. Y con ella hice un plan. Lo diseñé yo, pero con su dirección y orientación. El mismo me permitiría ahorrar durante el año 2013 lo suficiente para mantenerme seis meses seguidos sin generar un real, lo cual sería el peor de los casos.

De esa manera había resuelto uno de mis miedos. Pero me quedaba otro monstruo de varias cabezas con quien luchar.

Mi segundo miedo era, (y lo sigue siendo) el enfrentamiento.  Me asusta enfrentarme con la gente que quiero y decirles que no voy a hacer lo que ellos quieren o desean para mi vida.  En este caso me tenía que enfrentar con mi jefe. Habíamos trabajado juntos por 7 años seguidos, por largas horas y muchos días de viaje. Teníamos una buena relación.

Quiero hacer un paréntesis aquí. En un post anterior dije que yo no me apego a la gente y eso no es verdad; me apego a algunas personas. Puedo notar que me apego a esas personas que por alguna razón no me valoran como yo quisiera. En otras palabras, no me quieren de la manera que yo los quiero. Me apego a los hombres en mi vida que me critican, por que internamente siento la necesidad de convencerlos, de ganarme su aceptación y de esa manera callar las críticas. No me pasa muy a menudo, pero me pasa. Y mi jefe era uno de esos hombres que me criticaban.

Cuando me estaba acercando a mi meta de ahorro, empecé a sentir mucho miedo por que sabía tenía que sentarme a conversar con mi jefe para decirle que me iba. Me preparé de todas las maneras que he aprendido: una desintoxicación de comida antes, mucho agua, meditación y yoga. Quería sentirme fuerte física y emocionalmente para hacerlo. Tuve la conversación mil veces en mi mente, mejorándola varias veces. Analicé que era lo que me daba miedo y entendí que  es decir “quiero estar en otro lugar” y recibir críticas por ello.

Escogí un día y una hora. Después de  todo, tenía 7 años de conocer bastante bien a esta persona, lo suficiente para identificar el momento ideal. Ese día no fui capaz. Escogí otro y tampoco pude. Finalmente, escogí un tercer día, y como dicen por ahí, la tercera es la vencida .

La conversación fue dura, pero el tono relajado y hasta amoroso. Me sentí segura y tranquila; transmití justo lo que quería decir. Veintiún días después salí de la que fue mi segunda casa por los últimos 7 años, y me llevé unos amigos maravillosos que me apoyaron (y me siguen apoyando) en muchas aventuras y locuras.

Actualmente me dedico principalmente a tres cosas: mi estudio de yoga junto con 2 socias; mi consulta privada de coaching de salud y nutrición y clases de yoga personalizadas; y Panamá Hace Yoga, el festival anual de yoga de la ciudad, con otras 2 socias.

Cuando deje mi trabajo, tuvimos que mudar de manera abrupta el estudio de yoga, al mismo tiempo que yo estaba inaugurando mi primer grupo de detox. Todo esto fue en septiembre, y fue duro, muy duro. Estaba devastada física y emocionalmente. Todos me felicitaban por haber finalmente dejado ese trabajo, pero yo no sentía nada. Ni felicidad, ni orgullo, nada. O sí, sentía cansancio. Fue un parto del cual aún no me recupero del todo.

Pero afortunadamente no he sentido ni un solo día las ganas de regresar a lo que hacía, ni siquiera para cobrar el décimo tercer mes. Algo bueno que tengo es que me gusta donde estoy en cada momento, y me gusta siempre más donde estoy que donde estaba. Hoy soy más feliz que ayer, pero mañana seguro seré más feliz que hoy.

Al final del año decidí re-contratar a mi coach de vida y me organicé para tomar unos retiros de emprendedoras en el 2014. Ahora sí siento que soy parte de ese grupo y que estoy lista para recibir y entender todos los consejos que me darán.

Sigo sintiendo miedo la mayoría del tiempo. Tengo ahorros después de 6 meses, pero aún los sigo usando. Sigo luchando con los miedos que me atormentan, todos los días. Dudo que eso cambie. Si me preguntan si estaba lista para el cambio mi respuesta sería que no. Si me preguntan si estoy feliz mi respuesta sería que a veces. Me hace feliz ver las caras de las personas cuando doy una charla de respiración o nutrición. Soy feliz cuando una mujer con la que trabajé me dice que hoy se quiere un poco más. Soy feliz cuando un cliente de yoga alcanza a tocar el piso con sus dedos y sonríe como si hubiera ganado la lotería. Y finalmente, me hace feliz poder almorzar por 2 o 3 horas con mi mamá, mis sobrinos o mis amigos. Esos momentos felices valen más que el miedo que siento y eso me motiva a seguir.

Namasté,


Halima

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Halima Cuadra
7:29 pm

A veces

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Durante una obra de teatro el personaje principal le pregunta a uno secundario: “¿Eres feliz?”, y el personaje secundario contesta: “A veces.”.

Me encantó esa escena y me gustó por que me liberó de la presión de ser feliz siempre, con ella llegó el permiso para no estar bien en algunos momentos y para saber que los momentos que me siento feliz no van a ser para toda la vida, hay que aprovecharlos mientras duran.

En otro momento, mientras me entrenaba para ser coach de salud y nutrición, uno de mis profesores dijo algo así: “tú no eres amargado, tú a veces estas de mal humor. No eres feliz, a veces te pasan cosas que te ponen de buen humor.”
Esta vez el “a veces” llego mejorado, me encanta saber que uno no es de cierta manera, somos una mezcla de muchas cosas y muchas características, no es posible definirnos por una sola de esas, y no deberíamos etiquetarnos con una sola, solo limita nuestra potencial.

Tengo una cliente que me dijo: “Halima, lo que pasa es que yo no tengo fuerza de voluntad.”

Ella ya se había etiquetado como una persona sin disciplina, lo peor es que se creía el cuento. Yo le conté la historia del “A veces”  inmediatamente su expresión fácil cambió, hubo un breve silencio y luego de eso me dijo: “A veces no tengo fuerza de voluntad.”

Me gusta contarle esta historia a mis clientes, y casi siempre logro el mismo resultado, empezamos a vernos como seres más complejos, con más necesidades y cualidades, que muestran una parte de si en cierto momento pero no son una sola cosa, nos llena de posibilidades.

Todas estas cualidades que poseemos, algunas buenas y otras quizás no tan buenas, son las que nos ayudan dirigirnos hacia la meta que queremos. Reconocerlas y aceptarlas es lo más duro, de ahí en adelante como decía mi profesor de álgebra en la escuela secundaria: “Lo demás es carpintería.” 

Namasté,


Halima

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